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Los malabares para pagar el alquiler se complican… y el sector está lejos de aflojar los precios

El mercado del alquiler en España ha entrado en una fase claramente crítica en la que el problema ya no es solo el precio, sino el impacto directo que este está teniendo sobre la calidad de vida de los inquilinos. Los últimos datos confirman que la dificultad para pagar la renta mensual se ha convertido en una realidad estructural para la mayoría de quienes viven de alquiler.

Según el estudio ¿Cómo afronta el pago de la vivienda los españoles?, elaborado por Fotocasa Research, el 58% de los inquilinos reconoce tener problemas para asumir el alquiler. De ellos, casi uno de cada cinco afirma atravesar una situación de mucha dificultad, hasta el punto de verse obligado a recortar gastos básicos como la alimentación. Este deterioro no es puntual ni coyuntural: en solo un año, el porcentaje de inquilinos en situación crítica ha aumentado de forma significativa.

La presión es especialmente evidente cuando se analiza el esfuerzo económico que exige el alquiler. Un 29% de los arrendatarios destina más del 50% de su sueldo mensual al pago de la renta, una proporción claramente insostenible desde el punto de vista financiero. En el extremo opuesto, solo uno de cada diez inquilinos logra dedicar menos del 20% de sus ingresos al alquiler, un umbral considerado razonable por los estándares internacionales.

Este desequilibrio se traduce en un ajuste forzado del gasto cotidiano. Casi ocho de cada diez inquilinos reconocen haber tenido que recortar partidas para poder pagar la vivienda. Las primeras renuncias suelen afectar a viajes, ocio y consumo personal, pero el fenómeno va mucho más allá. Una parte relevante de los hogares se ve obligada a reducir compras de alimentos o a ajustar gastos esenciales del hogar, como suministros o seguros, lo que evidencia una pérdida real de bienestar.

Los expertos coinciden en señalar que esta situación responde a una tensión estructural del mercado. La demanda de vivienda en alquiler es sólida y creciente, impulsada por la dificultad de acceso a la compra, el encarecimiento de las hipotecas y los cambios demográficos y laborales. Sin embargo, la oferta no crece al mismo ritmo, lo que provoca un desajuste persistente que empuja los precios al alza.

Este efecto se reproduce como una cadena: cuando la compra se vuelve inaccesible, la presión se traslada al alquiler, primero en las grandes ciudades y después en las áreas periféricas. El resultado es un mercado cada vez más competitivo, en el que hay más inquilinos que viviendas disponibles, lo que reduce el margen de negociación y consolida rentas elevadas.

Las previsiones no invitan al optimismo a corto plazo. Aunque el precio de la compraventa empieza a moderar su crecimiento, el alquiler sigue en máximos y se espera que continúe encareciéndose durante 2025 y 2026. En este contexto, el riesgo es claro: una parte de la población podrá asumir rentas crecientes, mientras otra quedará atrapada en una dinámica de precariedad residencial, rotación constante y dificultades para planificar su proyecto de vida.

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