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La crisis de la vivienda destruye el paradigma del ahorro y lleva a los españoles a ‘ponerse en lo peor’ de forma permanente

El comportamiento del ahorro de las familias españolas ha cambiado de forma profunda y, todo apunta, estructural. Lo que comenzó como una reacción lógica durante la pandemia —el ahorro por precaución ante la incertidumbre— no solo no se ha revertido con la recuperación económica, sino que se ha consolidado incluso en un contexto de crecimiento sólido, creación de empleo y perspectivas macroeconómicas razonablemente favorables.

La tasa de ahorro de los hogares se sitúa hoy en niveles anormalmente altos desde una perspectiva histórica. En 2024 alcanzó el 13,6% de la renta disponible y, aunque se espera una ligera corrección en 2025, seguirá claramente por encima del 13%, muy lejos del promedio del 8,6% registrado entre 2000 y 2019. Este dato, por sí solo, ya rompe con el patrón clásico de los ciclos económicos expansivos, en los que el aumento de la confianza suele traducirse en más consumo y menos ahorro.

Lo verdaderamente significativo, sin embargo, no es solo el nivel agregado de ahorro, sino quién está ahorrando. Por primera vez, los hogares de rentas más bajas están contribuyendo de forma relevante al aumento de la tasa de ahorro, algo que contradice la lógica económica tradicional, según la cual la propensión marginal al ahorro crece con la renta. En este nuevo escenario, incluso quienes tienen menos capacidad económica están haciendo un esfuerzo extraordinario por reservar parte de sus ingresos.

La explicación más sólida apunta directamente a la crisis de la vivienda. El encarecimiento sostenido de los precios, tanto en compraventa como en alquiler, ha convertido el acceso a una vivienda en un objetivo que exige una acumulación previa de ahorro mucho mayor que en décadas anteriores. La necesidad de reunir una entrada cada vez más elevada, sumada al impacto de los alquileres altos sobre la renta disponible, está empujando a amplias capas de la población a ahorrar “a la defensiva”, incluso cuando el margen es mínimo.

Esta dinámica afecta tanto a rentas medias y altas como, de forma más preocupante, a rentas bajas. Para muchos hogares, el ahorro se ha convertido en la única vía —por remota que sea— para reducir la vulnerabilidad asociada al alquiler, especialmente ante renovaciones con fuertes subidas de precio o la escasez de oferta alternativa. En este contexto, la vivienda deja de ser solo un bien de consumo o inversión y pasa a ser el principal condicionante del comportamiento financiero de los hogares.

A este fenómeno se suma el efecto de la inmigración, que también está alterando el patrón de ahorro. Una parte significativa de la población inmigrante presenta tasas de ahorro elevadas, ya sea para enviar remesas a sus países de origen o para acumular un capital que les permita estabilizar su proyecto vital. La entrada sostenida de población extranjera está ampliando el peso del ahorro en los tramos de renta más bajos, reforzando aún más este cambio de régimen.

El trasfondo de este nuevo paradigma es claro: los precios de la vivienda han crecido muy por encima de los salarios. Mientras el precio de la vivienda se ha incrementado más de un 40% en la última década y el alquiler más de un 70%, los salarios reales apenas han avanzado. El resultado es una pérdida de capacidad adquisitiva que obliga a las familias a posponer consumo presente para intentar asegurar estabilidad futura.

Todo indica que este comportamiento no es transitorio. La escasez estructural de vivienda, el limitado ritmo de nueva construcción y una demografía expansiva sugieren que los precios seguirán elevados durante años. En paralelo, la experiencia inflacionaria reciente ha dejado una huella especialmente profunda en los hogares con menos ingresos, reforzando una actitud de ahorro precautorio que también se observa en el conjunto de Europa.

En definitiva, el ahorro ya no responde solo al miedo a una crisis económica, sino a una realidad más persistente: la dificultad creciente para acceder a una vivienda digna. Un cambio silencioso, pero profundo, que está redefiniendo las decisiones financieras de millones de hogares.

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